Un corazón para todos: el Profeta ﷺ y su trato a los niños y la familia
En las páginas luminosas de al-Shifā, el savant andalusí Qāḍī ʿIyāḍ nos entrega retratos del Profeta Muḥammad ﷺ que ningún historiador podría inventar: escenas tan íntimas y tan cargadas de ternura que el corazón del lector se detiene un instante antes de continuar. Lejos de la imagen del líder victorioso o del legislador severo, estas narraciones revelan a un hombre cuya grandeza se medía también en la suavidad de sus manos sobre la cabeza de un niño, en el amor desbordante que prodigaba a los suyos. Acercarse a estas escenas es acercarse al corazón mismo del Islam.
## La fragancia de su bendición
Había algo inconfundible en el gesto del Profeta ﷺ cuando posaba su bendita mano sobre la cabeza de un niño. Quienes presenciaban aquel momento sabían que ese pequeño quedaría marcado para siempre, no por ninguna señal visible, sino por la **fragancia celestial que impregnaba su cabello** y que lo distinguía entre todos los demás. La baraka —esa gracia divina que emanaba de su persona— era algo que los compañeros percibían con los sentidos, no solo con la fe.
Sus manos eran también instrumentos de sanación. En una ocasión acarició la cabeza de un niño afligido por un defecto físico, y este sanó de inmediato, alisándose su cabello con perfecta gracia. Con un gesto lleno de ternura paternal, roció un poco de agua sobre el rostro de la pequeña Zaynab bint Umm Salama, otorgándole una belleza deslumbrante que ninguna otra mujer poseería jamás. Su misericordia alcanzaba incluso a los bebés en periodo de lactancia, a quienes **bendecía depositando un poco de su sagrada saliva en sus boquitas, lo cual milagrosamente les bastaba como alimento hasta la llegada de la noche**.
## La oración que no interrumpía el amor
Hay una escena narrada en al-Shifā que resume como pocas la personalidad del Profeta ﷺ: mientras lideraba a los creyentes en la oración y se postraba ante Dios, llevaba sobre sus nobles hombros a su pequeña nieta Umāmah. Al prosternarse, la depositaba suavemente en el suelo; al levantarse, la volvía a cargar con ternura. La oración continuaba, solemne y completa, sin que el peso de aquel amor le pareciera una distracción, porque para él **la devoción a Dios y el amor a los suyos no eran contradictorios: eran dos expresiones de la misma realidad**.
Este detalle, pequeño en apariencia, lo dice todo. Un hombre que en el momento de mayor cercanía con su Señor seguía siendo padre y abuelo, seguía sosteniendo a los pequeños, seguía siendo misericordioso.
## Ḥasan y Ḥusayn: los amados de su corazón
El amor del Profeta ﷺ por sus nietos Ḥasan y Ḥusayn era una fuente inagotable de ternura que los compañeros contemplaban con asombro y emoción. Se cuenta que en una ocasión los dos pequeños lloraban amargamente por la sed, y el amado Profeta ﷺ les ofreció su propia lengua para que la succionaran. Al instante, sus lágrimas cesaron y su sed quedó milagrosamente saciada.
Más que una anécdota, este gesto es una lección: el Profeta ﷺ no reservaba su misericordia para los grandes momentos históricos. La derramaba en lo cotidiano, en la noche cuando un niño llora, en el calor del verano cuando la sed aprieta.
## El manto que los cobijó a todos
Entre las escenas más emocionantes que conserva al-Shifā se encuentra aquella en la que el Profeta ﷺ reunió a su amada hija Fāṭimah, a Ḥasan, a Ḥusayn y a ʿAlī, y **los envolvió a todos tiernamente bajo un manto**. Luego alzó su voz hacia el cielo con estas palabras: «Oh Dios, estos son los miembros de mi familia, aparta de ellos la impureza y purifícalos por completo».
No era solo un gesto de afecto. Era una oración, un acto de intercesión, una declaración de amor eterno. Y como si aquello no bastara, tomó las manos de sus nietos y anunció que **quien le amara a él, y amara a estos dos pequeños, y amara a sus padres, estaría con él en su mismo grado el Día de la Resurrección**. El amor a su familia, en su visión, no terminaba en esta vida: era un lazo que atravesaba el tiempo y se consumaba en la eternidad.
Su corazón de padre también abrazó a Usāmah ibn Zayd, tomando su mano junto a la de Ḥasan y suplicando: «Oh Dios, yo los amo a ambos, así que ámalos Tú también». En sus labios, el amor humano se convertía en oración, y la oración en amor.
## Un Profeta que enseñó con la ternura
Sumergirse en estas narraciones de al-Shifā es descubrir que el Profeta Muḥammad ﷺ no solo legisló y enseñó con palabras: enseñó con el cuerpo, con el gesto, con la mirada, con las manos. Cada caricia a un niño era un sermón silencioso sobre la misericordia. Cada oración elevada por los suyos era una invitación a amar sin reservas.
En un mundo que a veces confunde la grandeza con la dureza, estas páginas de Qāḍī ʿIyāḍ nos devuelven la imagen de un hombre que fue grande precisamente porque fue tierno. Amarlo es, en cierta manera, aprender a amar como él amó: sin jerarquías, sin condiciones, con el corazón abierto como un manto bajo el que caben todos.