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Un corazón que todo lo abraza: la ternura del Profeta ﷺ con los más pequeños

En las luminosas páginas de la Sīra profética, el amado Mensajero de Dios ﷺ se revela no solo como el gran guía de la humanidad, sino como un ser cuyo corazón desbordaba de ternura hacia quienes son más vulnerables: los niños. Su compasión no era un gesto calculado ni una pose pública; era el reflejo más puro de su alma, forjada por la misericordia divina. Quien lo contempló con sus nietos, quien lo vio cargar a una niña durante la oración, quien fue testigo de cómo bendecía a los bebés con su propia boca, supo que estaba ante un hombre cuyo amor era un don del cielo.

## La mano que sana y perfuma

Entre los testimonios más conmovedores que la tradición ha preservado está el poder milagroso de las manos del Profeta ﷺ. Cuando posaba su bendita mano sobre la cabeza de un niño, **ese niño era reconocido entre todos los demás simplemente por la fragancia celestial que impregnaba su cabello**. No era un perfume aplicado; era la huella viva de un contacto sagrado.

Sus manos eran también instrumentos de sanación. En una ocasión, acarició la cabeza de un niño afligido por un defecto físico, y este sanó de inmediato: su cabello se alisó con perfecta gracia. En otra, con un gesto paternal lleno de dulzura, roció unas gotas de agua sobre el rostro de la pequeña Zaynab bint Umm Salama, y una belleza deslumbrante la acompañó desde entonces, como si la bendición del Profeta ﷺ hubiera quedado impresa para siempre en sus rasgos.

## Misericordia desde la cuna

La ternura del Profeta ﷺ no esperaba a que el niño pudiera hablar o caminar. Se inclinaba también hacia los bebés en periodo de lactancia, **depositando un poco de su sagrada saliva en sus pequeñas bocas, lo que milagrosamente les bastaba como sustento hasta la caída de la noche**. En ese gesto sencillo y hondo se resume toda una visión del mundo: la misericordia no tiene edad, no tiene condiciones. El más pequeño, el más indefenso, también merece ser colmado de amor.

Este trato a los recién nacidos no era una excepción sino una expresión habitual de su carácter. Los compañeros que lo observaban comprendieron que amar a los niños no era una debilidad, sino una de las más altas formas de nobleza.

## Umāmah sobre sus hombros: cuando la oración y el amor se funden

Hay una escena que resume, quizás mejor que ninguna otra, la grandeza del corazón del Profeta ﷺ: mientras dirigía la oración congregacional, llevaba sobre sus nobles hombros a su pequeña nieta Umāmah. **Al postrarse, la depositaba suavemente en el suelo; al levantarse, volvía a cargarla con ternura**. Una y otra vez, en cada ciclo de la oración.

En esta imagen se contiene un mensaje profundo: la devoción a Dios y el amor a los seres queridos no compiten. Se complementan. El Profeta ﷺ no relegó a Umāmah para concentrarse en la adoración; la llevó consigo, integrando el amor humano en el acto más elevado de su fe. Para él, cuidar de una niña y postrarse ante su Señor eran dos expresiones del mismo corazón.

## El amor a Ḥasan y Ḥusayn: un amor que trasciende el tiempo

El Profeta ﷺ amaba a sus nietos Ḥasan y Ḥusayn con un amor que traspasaba lo ordinario. En una ocasión, ambos niños lloraban amargamente a causa de una sed intensa; el amado Profeta ﷺ les ofreció su propia lengua para que la succionaran, y al instante sus lágrimas cesaron y su sed quedó saciada. En ese pequeño acto se revela todo: un hombre dispuesto a dar de sí mismo, literalmente, para calmar el llanto de quienes amaba.

Pero su amor no se quedaba en lo privado. Lo proclamaba ante su comunidad. Tomando a sus dos nietos de la mano, declaró con toda claridad: **«Quien me ame a mí, ame a estos dos y ame a sus padres, estará conmigo en mi mismo grado el Día de la Resurrección»**. Amar al Profeta ﷺ implica, pues, amar a quienes él amó. Su familia es parte indisoluble de su legado.

## El manto que todo lo cubre: amor y súplica como herencia

En un momento de profunda belleza espiritual, el Profeta ﷺ llamó a su hija Fāṭimah junto con Ḥasan y Ḥusayn, y **los envolvió a todos tiernamente bajo un mismo manto**, con ʿAlī a sus espaldas. Luego elevó sus manos y suplicó: *«Oh Dios, estos son los miembros de mi familia; aparta de ellos la impureza y purifícalos por completo»*.

Este gesto —cubrir, rodear, proteger— es la imagen perfecta de lo que fue el Profeta ﷺ para quienes lo rodeaban. Un abrigo. Una certeza. Una presencia que daba calor en el frío del mundo. Su amor a Usāmah ibn Zayd completaba este cuadro: tomando la mano de Usāmah junto a la de Ḥasan, rogó con el corazón abierto: *«Oh Dios, yo los amo a ambos; ámalos Tú también»*.

## Un amor que nos convoca

Contemplar estas escenas es algo más que leer historia. Es recibir una invitación. Cada niño que el Profeta ﷺ bendijo, cada bebé que sostuvo, cada nieta que cargó en la oración, cada nieto al que ofreció su lengua sedienta... todo ello nos habla de un hombre que eligió, una y otra vez, ser el refugio de los más pequeños.

Y ese hombre es Muhammad ﷺ, el Enviado de Dios, el Misericordioso con los débiles, el padre y el abuelo cuyo amor transformó el concepto mismo de la ternura humana. Acercarse a él, conocerlo, amarlo, es descubrir que la misericordia más profunda tiene un rostro, una voz, unas manos benditas que aún hoy nos buscan.