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El Profeta de la ternura: un día con el Mensajero ﷺ

Hay hombres que gobiernan pueblos y otros que conquistan corazones. El Profeta Muḥammad ﷺ hizo ambas cosas, pero lo que más asombra a quien estudia su vida no es la grandeza de sus victorias, sino la intimidad de sus gestos cotidianos. Al-Shamā'il al-Muḥammadiyya del imán al-Tirmidhī nos abre una ventana hacia esos momentos —una mano posada sobre la cabeza de un niño, una nieta sobre los hombros durante la oración, un manto extendido sobre los seres amados— y en cada uno de ellos brilla con luz propia la misericordia que Dios depositó en su enviado.

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## La bendición de su mano

Quienes vivieron junto al Profeta ﷺ guardaban en la memoria detalles que ningún cronista habría pensado dignos de registro: el aroma de su mano sobre el cabello de un niño. Cuando el Mensajero ﷺ posaba su bendita mano sobre la cabeza de un pequeño, ese niño era reconocido entre todos los demás simplemente por la fragancia celestial que impregnaba su cabello. No era un perfume de mercado: era algo que los Compañeros describían con la misma dificultad con que se describe la luz.

Sus manos eran también instrumentos de sanación. En una ocasión, un niño aquejado de un defecto físico se acercó a él; el Profeta ﷺ le acarició la cabeza con calma, y el niño sanó de inmediato, alisándose su cabello con perfecta gracia. Con la pequeña Zaynab bint Umm Salama, roció un poco de agua sobre su rostro, otorgándole una belleza que, según quienes la conocieron, ninguna otra mujer llegaría a poseer. Y con los bebés en periodo de lactancia, su misericordia alcanzaba los gestos más humildes: depositaba un poco de su sagrada saliva en sus boquitas, y ese gesto les bastaba milagrosamente como sustento hasta la llegada de la noche.

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## Umāmah sobre sus hombros

Entre todas las imágenes que nos han llegado del Profeta ﷺ, hay una que detiene el aliento: el imam de la comunidad, el hombre a quien Dios eligió para guiar a toda la humanidad, liderando la oración con su nieta Umāmah sobre los hombros. Al ponerse de pie, la cargaba con ternura; al postrarse, la depositaba suavemente en el suelo; al levantarse, la volvía a alzar.

¿Qué nos dice esta imagen? Que la grandeza de la devoción a Dios no aplasta la ternura humana, sino que la eleva. Que el camino hacia lo divino no exige endurecer el corazón. Que un hombre puede ser el más cercano a su Señor y, al mismo tiempo, el más dulce con sus seres queridos.

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## Ḥasan y Ḥusayn: el amor que no se mide

Sus nietos Ḥasan y Ḥusayn ocupaban en su corazón un lugar que él mismo describía sin avergonzarse. En una ocasión, los dos pequeños lloraban amargamente de sed; el Profeta ﷺ les ofreció su propia lengua para que la succionaran, y al instante sus lágrimas cesaron y su sed quedó saciada.

No contento con amar, quería que ese amor trascendiera su propia vida. Tomó de las manos a sus dos nietos y anunció: «Quien me ame a mí, ame a estos dos pequeños y ame a sus padres, estará conmigo en mi mismo grado el Día de la Resurrección.» El amor al Profeta ﷺ y el amor a su familia no son dos amores separados: son un solo camino.

Tomó también la mano de Usāmah ibn Zayd junto a la de Ḥasan, y elevó una súplica sencilla y poderosa: «Oh Dios, yo los amo a ambos, así que ámalos Tú también.» En esas palabras late toda la teología del afecto: el amor humano como espejo del amor divino, la ternura del Profeta ﷺ como puerta hacia la misericordia de Dios.

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## El manto y la plegaria

Hubo un momento —recogido con cuidado por quienes lo presenciaron— en que el Profeta ﷺ llamó a su amada hija Fāṭimah, a Ḥasan y a Ḥusayn, y los envolvió a todos bajo un manto, mientras ʿAlī se situaba a sus espaldas. Entonces elevó su voz al cielo:

«Oh Dios, estos son los miembros de mi familia. Aparta de ellos la impureza y purifícalos por completo.»

Bajo ese tejido de lana, un padre, una hija, dos nietos y un yerno. Y sobre ellos, una plegaria que el tiempo no ha borrado. No hay en la historia una imagen más íntima de lo que el Profeta ﷺ consideraba sagrado: no el trono, no la victoria, sino ese círculo pequeño de personas amadas, reunidas bajo un manto, en presencia de Dios.

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## Por qué amarlo

Leer al-Shamā'il es comprender que el Profeta ﷺ no fue grande a pesar de su ternura, sino gracias a ella. Un hombre que carga a su nieta durante la oración, que ofrece su lengua a dos niños sedientos, que envuelve a su familia bajo un manto y suplica por ellos —ese hombre no necesita defensas ni apologías. Se defiende solo, con la fuerza callada de lo verdadero.

Amarlo no es un acto de fe ciega: es la respuesta natural del corazón humano ante alguien que vivió como nadie más ha vivido, con una coherencia perfecta entre lo que predicaba y lo que practicaba en la intimidad de su hogar. Quienes lo conocieron no podían dejar de amarlo. Quienes lo estudian, tampoco.

Que Dios nos conceda amarlo como se merece ser amado, y reunirnos con él en el grado que prometió a quienes aman a su familia.